Largo et Moi - Día 2
Yo, en cambio me convertí en un personaje que no puede
mentir. No sabe. No sabe lo que es un crimen menor como robar una fruta o una
birome sólo porque le dieron ganas sin avisarle siquiera a Largo, sin sentir un
ápice de culpa porque como el árbol caído del bosque vacío el crimen es
inexistente.
Mi personaje no puede soltar ciertos objetos que le dan
seguridad: un vaso gigante con ¿tiburones? Comprado en el acuario de Barcelona,
una mantita turquesa robada del vuelo de Aerolíneas Argentinas que la dejó en
Barcelona (donde encontró a Largo después de cinco semanas), un anotar chiquito
con un reno o ciervo y su birome del barrio chino de la chica china que se va
rompiendo convirtiéndose en una china pelada.
Dejamos de ser quiénes éramos y ahora somos los “protas” de
esta historia Largo et Moi.
Moi no pudo levantarse de la mesa gigante de desayuno
(siempre con la mano en su vaso del acuario) mientras escribía esta historia.
Moi no pude confesarle a Largo que la remera negra que el lucía con alegría y
demasiado olor a suavizante no era suya sino de u ex fling de ella, uno que –ni
Largo sabe exactamente por qué- detesta. Moi, en cambio, tal vez podría ser su
amiga, pero en dosis muy esporádicas. Moi sigue y sigue escribiendo todo el
tiempo en su cabeza. De momento lo hace en una laptop en un auto en movimiento
mientras le hace frente al mareo y las náuseas inevitables, mientras Largo maneja en subida y escucha The Clash.
Moi convierte esquinas en países con nombre propio y
novedoso, con datos demogáficos, ubicación geográfica y divisa ad hoc. Moi
también convierte baños siniestramente mugrosos en letrinas y saltea la parte
de que había toallas de papel para mejorar una historia y empeorar una
situación.
Tal vez ése sea exactamente el superpoder de Moi: la
transformación –pero siempre, siempre con fines lúdicos.
Los superpoder de Largo no tienen nada que envidiarle a los
de Moi, pero necesitan más tiempo y más lectores atrapados antes de ser
revelados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario